¿Por qué necesitaremos la presencia de algún error, de algún indicio de que algo está mal para darnos cuenta de que las cosas existen por sí solas y no están siendo forzadas a ser por nosotros mismos, en un intento constante y agotador de mantenernos vivos y mantener viva la ilusión de que las cosas son verdaderas y no las hemos transformado en algo irrisorio? ¿Es que acaso necesitamos hacernos sufrir y martirizarnos un instante para decir con certeza "esto es de verdad... es verdad porque cada vez que comienzo a darle vueltas, me quiebro en mil pedazos"? ¿Es realmente una necesidad humana concretar nuestros buenos y verdaderos sentimientos en el incesante padecimiento de éstos?¿Existe el requisito de percibir dolor para poder percibir placer de las cosas?
Por poner un ejemplo: durante mucho tiempo, el amor a Dios de las personas más devotas se concretaba en las formas de sufrimiento y tortura más terribles que se recuerden en la historia del hombre. Según se dice, este tipo de "auto-sufrimiento" era una forma de demostrar la más abnegada confianza, fe y un infinito amor al Señor, un camino seguro a la "salvación", una obligación a ser cumplida por los creyentes para ser aceptado en el Reino de aquel Dios frío, cruel y castigador. Una época donde amor era sinónimo de sometimientos al dolor como la muestra más real de veneración, y adoración. ¿Se cumple esto, aún, para algunos casos? ¿Tenemos nosotros que ofrecerle nuestro dolor a la persona que amamos, solo para demostrarle a ella y a nosotros mismos que lo que sentimos no es artificial? Algo así como una prueba empírica de que, literalmente, nos morimos el uno por el otro.
Afortunadamente, la historia de hoy no es la misma que la de aquella época. Las imágenes han cambiado, los prospectos, las costumbres, las ideas y la forma de manifestarse del ser humano. El tiempo, los días y la vida avanzan demasiado rápido como para invertir la nuestra en detenernos un momento a exhibir nuestro amor, y en general lo que sentimos, a través de dudas que no tienen fundamentos, argumentos ni bases sólidas que sean dichas de frente o vistas con nuestros propios ojos... solo entonces, me auto-flagelaré. No es sano invadirse de temores e inseguridades, porque consumen y extinguen lo que fuimos en el principio de nuestra propia época, enfría el calor de nuestra temporada estival y hacen llegar el hielo del invierno más rápido de lo que esperamos y nos toma por sorpresa y no sentimos cuánto hemos envejecido. [Tal vez he ahí la respuesta a la disyuntiva que se produce con la desconfianza que nos va otorgando el tiempo para con las personas que nos rodean]
Creo que es mejor aprovechar lo que tengo mientras lo tenga conmigo, mejor decir ahora y no guardarse para después, mejor abrazarlo mientras sea sin reproches, mejor es conversarle mientras el entusiasmo sea recíproco. Creo que deberíamos dedicarnos a deleitar ese pedacito de vida que nos toca compartir con aquel que decidió compartir la suya conmigo, sin preguntarnos todos los días si porque estoy feliz, entonces la situación, los sentimientos, las emociones y los hechos son ficticios, fingidos y fraudulentos. No hay que cuestionarse si las cosas son verdaderamente auténticas porque son demasiado fáciles y afables con el corazón. Pienso que la legitimidad definitiva del más sincero sentir se da a través de las palabras, inclusive más que de los propios actos y movimientos. Pero hablo de las palabras en el momento indicado, de las palabras más correctas, sensatas y leales que se originan en el mismo instante y lugar donde se desasosiega toda la sensibilidad del ser. Pero para decirlas hay que ser valiente, porque cada una de esas letras eres tú desde lo más recóndito y trascendente. Entonces ¿es mejor no hablar tanto?
De todas formas, hoy somos tan autónomos, desinteresados e indolentes que el simple hecho de un “absurdo” implica un cambio, una indisposición a la solución de lo que nos afecta para pasar luego al siguiente caso. Porque hoy todo es instantáneo y si algo falla, entonces no funcionará ni ahora, ni nunca; simplemente porque nos desencantamos súbitamente y no hay vuelta atrás. Por lo tanto, afligirse no funciona porque elimina lo fugaz de vivir la vida, que no tiene un segundo, siquiera, para hacerse sufrir. Afligirse elimina la brevedad de cada momento porque no llegamos pronto al siguiente. Hoy no vale la pena devolverse, y tal vez el mundo tiene razón… tal vez siempre es mejor mirar lo que somos hoy, lo que tenemos hoy y amarlo como tal… como tu coetáneo.
Yo prefiero detenerme por un momento a sufrir, buscar razones para ser todo lo contrario a lo dicho anteriormente, vivir lenta y segura, pero con la angustia de sentir que envejezco antes de tiempo, absorber todo, lo bueno, lo malo, pero siempre quedarme con lo peor ahí, en la superficie de la piel. Pero no me hace mal, por el contrario, a veces estimo que sobra el coraje y hace falta temer, porque a ratos… todos nos caemos.